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El reino del yaguareté: viaje al interior de una isla clave en la recuperación del Iberá
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El reino del yaguareté: viaje al interior de una isla clave en la recuperación del Iberá

  • - 2022-05-22 - Modificado el 2022-05-22

San Alonso estuvo bajo amenaza de los incendios que arrasaron los esteros en el verano, pero hoy la naturaleza revive. El trabajo de una fundación para reintroducir animales autóctonos.


Malú camina lentamente hasta el borde de la jaula. Su pelaje brilla por el sol intermitente de las cuatro de la tarde, que asoma entre las nubes. El viento golpea la copa de los árboles, rompiendo el silencio. Se muestra atenta: algo está por suceder.

Porã se acerca desde afuera, tímida. Todavía no cumplió dos años. Es una de los ocho yaguaretés que pasean por la isla San Alonso, en los Esteros del Iberá. Los dos felinos realizan movimientos sutiles con el cuerpo y comienza el encuentro furtivo.

Se miran, como si las rejas no existieran, hasta que Porã advierte la presencia de un grupo de personas a 30 metros. Corre más rápido de lo que piensa y sus 70 kilos se pierden entre los arbustos. Saco el celular y capto unos segundos de su escape: la hasta ahora inimaginada posibilidad de ver al mayor félido de América −y el tercero del mundo−, aquel cuyo nombre significa "auténtica fiera".


yaguaretés tiene casi dos años y pesa 70 kilos.


"Misteriosos poderes tiene el guaraní", escribió Eduardo Galeano en Memorias del fuego. Porã ("bella", en castellano) reclama sus raíces y es más poderosa que las llamas que intentaron derribarla.

"Vivimos una experiencia única", dice Pablo Cabrera, "el Colo", biólogo conservacionista, que dejó la comodidad capitalina para instalarse en este rincón paradisíaco de Corrientes.

Alguna vez los yaguaretés, protagonistas de leyendas y mitos, poblaron toda la zona. Desaparecieron hace 70 años, por la caza y el avance de la industria sobre su hábitat: hasta que la Fundación Rewilding comenzó un proyecto de reintroducción.



La primera hembra, Tobuna, vino desde el Zoológico de Batán. Hoy, viejita y ciega, constituye un emblema de la provincia. Los animales que sufrieron el cautiverio, como ella y Malú (ambas reproductoras), no pueden ser liberados, por la costumbre al trato con humanos que dificulta su adaptación. Pero sus descendientes sí, a través de un largo trabajo.

El Colo los entrena, limpia sus bebederos, les da de comer. También sabe interpretar cada gesto, distinguir a cada individuo según las manchas, anticiparse a las necesidades.

El año pasado se dio la primera suelta. Los especímenes todavía se mantienen dentro de los confines de la isla. Están por llegar tres más, donados por Paraguay, para seguir aumentando la población. Hábiles nadadores, se espera que en menos de una década se expandan por los esteros, su antiguo reino.


Volver a casa
La laguna Paraná bordea a San Alonso, accesible únicamente por lancha, desde el Portal San Nicolás. En el trayecto se ven hermosos yetapás, ranitas, carpinchos, el nado de sábalos y dorados, yacarés asoleándose. Bocas ligeramente abiertas (¿sonrientes?), distingo a tres, a 30 centímetros del puerto, camuflados entre la vegetación. Piso con la certeza de que no quieren molestar, ni ser molestados.​


Un yacaré, perfectamente camuflado

En esta isla del tesoro se borran las fronteras entre sonidos y colores. Por las noches, un poncho de estrellas cubre el eco de los animales que se desplazan por el agua, la tierra, el aire y entre los árboles. Al amanecer, el paisaje mezcla un naranja explosivo con el canto de cientos de especies de aves.

Luego del hallazgo inesperado, el Colo comanda una expedición a caballo por los montes, para buscar −esta vez, adrede− otros "gatos" (así los llama, con cariño). Olores sutiles y una huella enorme sobre la tierra sirven como señal. El radar marca que los yaguaretés están cerca, pero se alejan conforme avanzamos.

Son horas de recorrido por los montes, de suave galopeo por pastizales y espejos de agua. Un venado de las pampas observa con curiosidad, sin moverse. Aparecen zorros, ñandúes, varios ciervos de los pantanos (el cérvido más grande de Sudamérica), chanchos cimarrones y hasta un pecarí comiendo las garrapatas del lomo de un carpincho.

venado de las pampas

Se escuchan monos, pero escapan a nuestros ojos. En el piso hay frutos del Timbó. Los mosquitos gigantes se posan sobre los caballos. Intento espantarlos sin éxito y me llevo varias picaduras de recuerdo. Todo el trayecto se parece mucho a la paz.

Hasta 1996, el lugar funcionó como una estancia ganadera. Esos tiempos quedaron atrás. Ahora, las 11 mil hectáreas explotan de vida salvaje. Solo permanecen dos paisanos baqueanos: Correa y Cardozo, de 50 y 43 años. Cazan, producen para el autoconsumo, sintonizan la radio.

Ocasionalmente, reciben la visita de la gente de Rewilding que también reside en la isla. Su rutina gira en torno a los requerimientos de los animales, sin importar el horario o el clima, que puede ser inclemente. Meses atrás, tuvieron su prueba de fuego.

Mientras extensas porciones del Parque Nacional y el Parque Provincial Iberá ardían, también la isla corrió peligro. La barrera de agua prácticamente desapareció y el fuego acarició la costa, amenazando con entrar de lleno.

Trabajadores y voluntarios de Rewilding, con ayuda de helicópteros hidrantes, lograron frenarlo. Mientras tanto, seguían a la fauna silvestre, especialmente a aquella que solo existe en San Alonso o que fue reinsertada en los Esteros con mucho esfuerzo.


La nutria gigante estaba extinta en Argentina


Por ejemplo, las nutrias gigantes, que llegaron a estar extintas en Argentina. Constituyen el depredador tope del agua y la fundación tiene un proyecto de devolverlas al Iberá. Por ahora permanecen en "jaulas de presuelta" en San Alonso, mientras son cuidadosamente entrenadas.

El ruido que emiten es estridente. Durante el peor momento, hubo que improvisar piletas de agua. Ahora ya se dan chapuzones en la laguna. Cada familia conforma un coro simpático y desafinado.

Los osos hormigueros son parte del primer proyecto de reintroducción de Rewilding y recibieron un seguimiento cercano, al igual que los yaguaretés. Los cuatro felinos adultos −a diferencia de los cachorros− tienen collares de monitoreo, lo cual facilitó la tarea: entre ellos, Jatobazinho y Mariua, progenitores de Porã y Karaí.

Osos hormigueros (Corrientres)


Cada una de las personas que viven en la isla sabe que no hay recuperación posible sin un ecosistema saludable y equilibrado.

Ciertas aves distribuyen las semillas que consumen por todo el territorio. Los yaguaretés, predadores topes, mantienen estables a las poblaciones de animales herbívoros (y, consecuentemente, cuidan la flora); dejan comida para los carroñeros; y se alimentan de presas viejas con más oportunidades de enfermarse.

Una conversación con el Colo, el día antes de partir de San Alonso.

—No dejes nada afuera, porque hay muchos bichos y se van a llevar lo que encuentren. Si necesitás salir de la habitación, tiene que ser siempre con linterna.

—¿Hay serpientes?

—Pocas, pero sí. La curiyú, la boa constrictora...

Duermo profundamente, como pocas veces en mi vida.

Verde agua
Yuval Noah Harari plantea que "el fuego abrió la primera brecha importante entre el hombre y los demás animales". Según el historiador israelí, su control fue una "señal de lo que habría de venir".

Pero esta no es una historia de los incendios −aunque la palabra, sus cicatrices, se cuelen inevitablemente−. En el Edén correntino la vida se abre paso.

Al lado de las cenizas, de tallos ennegrecidos, crecen hojas nuevas. Los carpinchos nadan en lugares que estuvieron secos hasta hace solo dos meses. Las mariposas revolotean e incluso ellas parecen exóticas y fuertes como yaguaretés.

Carpinchos


Cuando está despejado, el verde fosforece, revelando infinitos matices y tonalidades. Pero cuando llueve, y el cielo se vuelve gris y compacto como el acero, la distancia con los árboles parece acortarse: el humedal se reafirma.

La raíz latina de la palabra "cultura" (cólere) puede significar desde cultivar y habitar, hasta veneración y protección. Está en estrecha relación con la naturaleza: se hacen la una a la otra.

En el viaje de regreso, como despedida accidental, suenan Mario Bofill y su acordeón. El "Chamamé de los Esteros" interpela: "No quiero irme de aquí, ¿a dónde me voy a ir?".


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