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3 de diciembre: Día del Médico - Por el Dr. Raúl Schneider
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3 de diciembre: Día del Médico - Por el Dr. Raúl Schneider

El 3 de diciembre se celebra el Día Panamericano del Médico en honor a Carlos Finlay, médico cubano que dedicó su investigación a encontrar la causa de la fiebre amarilla, enfermedad que hacía estragos en sus tiempos.


Es así que en 1881 descubrió que esta fiebre era transmitida por el mosquito Aedes aegypti y no por las miasmas o efluvios dañinos que se desprendía de las marismas y lagunas tropicales.


Fue un gran adelanto en la salud pública y todavía combatimos ese mosquito porque si bien ya existe una vacuna para prevenir la fiebre amarilla esos mismos mosquitos transmiten también zika, dengue y chicunguya, enfermedades que prevalecen donde no se combate este vector.


Y aunque en otros lugares del mundo la festividad se celebra en otro día del año, es una fecha destinada a recordar el trabajo de quienes ejercemos el arte de curar.


Un antiguo aforismo, atribuido por algunos al griego Hipócrates de Cos, padre mitológico de la medicina dice “EL MÉDICO PUEDE CURAR POCAS VECES, PUEDE ALIVIAR MÁS VECES, PERO DEBE CONSOLAR SIEMPRE”. 


Nadie me ilustró mejor este principio que Thabo, el hijo de una enfermera en el hospital donde trabajé en África. El muchachito tenía un tumor óseo maligno y aunque tempranamente lo derivé al hospital nacional para su tratamiento especializado, poco se había hecho con él.


Volvió luego de unos meses cuando ya había pasado la oportunidad de curación, que de todos modos era escasa desde el principio. Ahora solo me quedaba aliviar y consolar.


Sabía que ese tumor seguiría creciendo por lo que una acción para aliviar sería una amputación, resecar ese miembro con su tumor. Sin embargo, cuando les propuse la cirugía, los padres no lo aceptaron. Su hijo no iría incompleto a la tumba. Culturalmente era una decisión impensable y no hubo argumento capaz de hacerles cambiar de actitud.


Ahora solo me quedaba consolar, no tanto al paciente sino más que nada a los padres. Es así que cada tardecita, terminada la tarea en el hospital, me impuse la tarea de recorrer el senderito que llevaba a su casa, un conjunto de dos o tres típicas chozas africanas con techo de paja alrededor del patio donde se desarrollaban la mayoría de las actividades familiares, incluso cocinar en la olla de tres patas al aire libre.


Como era joven, me faltaba experiencia, iba más que nada por autodisciplina porque la tarea no era agradable. Además, con poca habilidad para consolar tuve que pedir a Dios capacidad para hacerlo.


Así llegaba al lugar con el propósito de controlar a mi pacientito; generalmente al crepúsculo cuando ya estaba el fuego en el patio familiar cocinando la polenta que junto con repollo hervido era la comida tradicional. Revisaba al enfermo, daba alguna indicación y me sentaba a escuchar a la madre darme todos los detalles del día, lo que había comido, lo que había evacuado y demás detalles intrascendentes que no cambiaban la inexorable marcha de su dolencia pero que traían alivio al alma de los padres cuando tenían la seguridad de mi parte que estaban haciendo todo lo mejor por su hijo.


Oramos varias veces con los padres pidiendo fuerza y consuelo para soportar la prueba y después volvía a mi casa sintiendo que yo también necesitaba fuerzas para asistir a la familia en este trance. Estas visitas me drenaban psicológicamente y al llegar a casa abrazaba más fuerte a mis hijos agradeciendo su buena salud.


Su brazo se fue engrosando con el paso de las semanas y pronto parecía tan grande como su tórax enflaquecido. Comenzó a sufrir dolores y llegó el momento que solo la morfina lo aliviaba. El tumor invadió también sus pulmones y su brazo agigantado comenzó a ulcerarse. Misericordiosamente falleció apaciblemente una madrugada.


Este aforismo hipocrático es la verdad más grande que me dejó la profesión. Era una verdad en tiempo de Hipócrates y sigue siéndolo todavía ahora por más medicina moderna que hagamos.


En realidad, el que se cura a sí mismo es el cuerpo mediante los mecanismos de defensa y reparación que Dios puso en él. La tarea del médico es facilitar y acelerar esos mecanismos fisiológicos. En los casos en que el organismo no tiene poder para repararse totalmente, es nuestra tarea aliviar el sufrimiento de la mejor manera y hoy tenemos drogas maravillosas para hacerlo, pero en todo momento es la tarea del médico y de todo el equipo de salud consolar y dar esperanza.


Es en esos momentos de empatía con el dolor del paciente cuando la ciencia se convierte en arte… EL MARAVILLOSO, ABNEGADO Y SUBLIME ARTE DE CURAR… O MEJOR DICHO ALIVIAR HASTA EL ULTIMO SUSPIRO.

Por el Dr. Raúl Schneider


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